Cenizas, ruido y esperanza.

SoundPacking Post incendios Forestales

Madrid, 2026

Visualización del proyecto Paisajes Sonoros

Tenía la misión de llegar en bicicleta desde el centro de Madrid hasta el pueblo de Cebreros. Era posible: son alrededor de 100 km entre caminos y carreteras más o menos conocidos. Mi amigo Edu, de Chapi Wines, me propuso ir a grabar un pequeño retazo verde de un viñedo que se había salvado del incendio forestal ocurrido unas semanas atrás. Tenía mucha curiosidad por saber cómo sonaría aquello. Después de varios desvíos, repechos y muchas pedaladas, me dio la bienvenida un paisaje desolado, bastante apocalíptico, que parecía sacado de una película de ciencia ficción. Pero aquello no era el futuro; era el presente y ya había sucedido.

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Nunca dejé de pensar en cómo se vería y se escucharía ese lugar si el incendio no hubiera ocurrido, ni en cómo se sentiría alguien que tiene allí su hogar y su punto de referencia vital, al igual que las demás especies que lo usaban como refugio. ¿Era posible mantener la esperanza?

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Me sorprendió la textura de la madera quemada y corrugada de los árboles que aún permanecían en pie resistiéndose a lo inevitable; los trozos de vegetación a salvo que contrastaban con el negro de las cenizas; y los arroyos oscuros cuya quietud resultaba inquietante. Todo ello me hizo pensar mucho en la diferencia que establece Hicham Stéphane Afeissa entre la violencia ejercida por los seres humanos contra otros seres y ecosistemas, y la devastación producida por la propia naturaleza. A diferencia del hombre, la naturaleza no destruye, sino que transforma; reubica la energía y la materia. Tras un diluvio, un terremoto o la erupción de un volcán, nada, salvo lo construido, inventado y domesticado por el ser humano, se destruye por completo. Los humanos usamos la violencia para controlar, reprimir y gobernar, mientras que la naturaleza la emplea para seguir el ciclo de la vida.

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Me quedé esperando el anochecer y el amanecer para evitar cualquier interferencia humana o sonido antropogénico, pero eso es casi imposible cuando tienes carreteras al lado, tráfico aéreo vacacional, fiestas de fin de semana y caminos diseñados para la actividad humana. Una vez allí, me di cuenta de que lo que creía un silencio desolador no era más que la actividad humana resonando a lo lejos. Fue así como decidí enfocarme en otro paisaje sonoro al que el fuego había dificultado el acceso: la profundidad de la tierra.

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Debajo de todas las cenizas y los restos del fuego encontré algunos insectos, sobre todo hormigas, que probablemente siempre habían estado ahí, pero que ahora se hacían más visibles y asumen el protagonismo. El papel de las hormigas en un territorio recién quemado es fundamental para su regeneración. Sin que nadie se lo pida, empiezan a limpiar, a trasladar semillas y a trabajar intensamente para que todo vuelva a funcionar; son las ingenieras del suelo, tan importantes como los bomberos. Coloqué algunos geófonos y, al paso de alguna de ellas, se escuchaban sonidos intensos; sentí que me estaban regañando, era consciente de que estaba molestando.

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Al igual que las hormigas, aparecieron otros insectos, como un pequeño grillo que cantaba en solitario; era tierno y triste escucharlo.

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Lo que más me sorprendió fue que, al amanecer, comenzaron a dejarse oír diferentes tipos de aves con llamadas específicas, como si se buscaran las unas a las otras. Sentía esa sensación de desconcierto en muchas especies; incluso pasó frente a mí un zorrito muy inquieto que olfateaba todo el territorio sin importarle mi presencia.

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Una de las historias que me ayudó a comprender esa especie de confusión y pérdida fue la que me compartió Amanda, una vecina y gran artista de la zona. Me contó que la mañana en que comenzaron los incendios se vivió un silencio extraño: todos los pájaros que solían cantar frente a su casa ya no estaban. Había un silencio sepulcral. Parecía que las aves sabían lo que se avecinaba y, sin dudarlo, se marcharon, dejando solos y en silencio a los humanos. No tardó mucho tiempo en llegar la orden de las autoridades para que la gente abandonara sus hogares. Creo que esta metáfora es la que más resuena: tal vez nuestra forma de gestionar, habitar y vincularnos con el hábitat nos está obligando, paradójicamente, a tener que abandonarlo. ¿Es acaso el abandono la relación que queremos mantener con la tierra?

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La crisis climática no puede llevarnos a una parálisis en la acción. Todos y todas tenemos una responsabilidad absoluta en cómo nos vinculamos con el planeta y con el resto de las especies. Es cierto que hemos heredado un sistema, unas leyes y unas tradiciones que nos hacen sentir parte de algo que a menudo entra en contradicción con la convivencia ecosistémica. Creo que incluso podemos caer en el reduccionismo de tildar a nuestra especie de auto destructiva y violenta. Por mi parte, considero que el simple hecho de acercarnos y escuchar otras realidades es el primer paso para tejer vínculos más honestos. Pero, incluso antes de fascinarnos escuchando a otras especies, deberíamos empezar a escucharnos profundamente entre nosotros, sin importar los bandos políticos. Es quizás en esa escucha profunda donde puede nacer el entendimiento que este mundo, cada vez más dividido y solitario, necesita con urgencia.

Dejo aquí algunas piezas preparadas con los insumos de esta experiencia.

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